Ideas "ridículas" que producen millones
Ideas "ridículas" que producen millones
(Partes por; El Nuevo Día, Business Insider, editado por PISPR)

¿Por qué no se me ocurrió a mí?
Así suspiramos muchos cuando vemos cómo una idea ajena, que parecía una locura o tontería, se convierte
en exitazo económico.

Carita feliz - La omnipresente carita feliz amarilla se le ocurrió a Charles Ball en 1963 mientras trabajaba en
una firma de relaciones públicas. Sólo cobró $45 por hacer el ícono para el cliente, la aseguradora State
Mutual Life. En cambio, a los hermanos Bernard y Murray Spain se les ocurrió que el ‘smiley’ tenía potencial y
compraron los derechos legales del ícono, junto al eslogan ‘Que tengas buen día’ (Have a nice day).
Montaron una cadena de tiendas de descuentos y comenzaron a incluir la imagen en todo lo que pudieron.
La carita feliz invadió el mundo y para 1971 había generado $50 millones en ventas. Pero los hermanos
Spain no se detuvieron ahí. Luego de establecer su cadena Dollar Express en los años 1980, la vendieron
en el año 2000 por $500 millones.

Wacky Wall Walker – Ken Hakuta recibió de parte de su madre un regalito: Era un juguete pegajoso que al
lanzarlo contra una pared, parecía caminar. A Hakuta le fascinó y le vio potencial comercial. De modo que
compró por $100 mil los derechos y comenzó a mercadearlo en la capital federal. Una cosa llevó a otras y en
pocos meses, Hakuta había acumulado $80 millones en ventas por 240 millones de unidades.

El
Slinky  - Para su suerte, además de ingeniero naval, Richard James también es torpe. Se le cayó un
resorte de tensión con el que estaba trabajando y vio cómo ‘bailaba’ por el suelo. Así nació el Slinky, que
debutó en una feria de jugeutes en Filadelfia en 1945. Tras su primera orden de 400 unidades, que logró
vender en 90 minutos, el inventito sumó unos $250 millones en ventas.

Snuggie es como una bata que se pone al revés y permite ver televisión o acurrucarse a leer sin perder un
grado de calor. Y aunque uno parezca un peluche humano con ella puesta, en su año de debut vendió 20
millones de unidades. Su creador, Scott Boilen, presidente de Allstar Products, ha generado $200 millones
con el artículo que se vende a $19.95 gracias, en gran medida, a anuncios que explotan su ridiculez con
humor.

Cuando Alexander Graham Bell inventó el
teléfono, en 1876, buscó quienes lo financiaran en el proyecto. El
presidente de los Estados Unidos de America, Rutheford Hayes dijo: “Es un invento extraordinario, pero
¿quién lo va a usar?" Además era disléxico.

Los maestros de Thomas Alva Edison dijeron que era demasiado estúpido para aprender algo o crear algo
útil. Thomas Alva Edison hizo 2.000 experiencias hasta inventar la
bombilla. Un joven reportero le preguntó el
por qué de tantos fracasos. Edison respondió: “No fracasé ni una vez. Inventé la bombilla. Ocurre que fue un
proceso de 2.000 pasos”.

A los 46 años, después de perder progresivamente la audición, el compositor alemán Ludwig Van
Beethoven, quedó completamente sordo. Y así compuso buena parte de su obra. Incluidas tres sinfonías,
en los seis últimos años. Beethoven manejaba el violín con torpeza, y prefería tocar sus propias
composiciones en lugar de mejorar sus técnicas. Su maestro le dijo que no tenía esperanza alguna como
compositor.

A Walt
Disney lo despidió el editor de un periódico por falta de ideas. También se fue a la bancarrota varias
veces antes de construir Disneylandia.

Albert
Einstein no habló hasta que tuvo cuatro años de edad; y no leyó hasta cumplir los siete. Su maestro lo
describió como 'mentalmente lento, insociable, perdido en sus sueños. Lo expulsaron y rechazaron su
admisión al Colegio Politécnico de Zurich por considerarlo un incapaz. Además era disléxico.

Louis Pasteur fue sólo un alumno mediocre en la universidad, y en química ocupó el puesto quince entre
veintidós alumnos. (Inventor de la leche
pasteurizada.)

Dieciocho editores rechazaron la historia de diez mil palabras de Richard Bach,
Juan Salvador Gaviota, que
habla de una gaviota que planeaba, antes de que MacMillan finalmente la publicara en 1970. En 1975 se
habían vendido más de siete millones de libros sólo en Estados Unidos.

Post-it, en 1968 por Spencer Silver, un investigador estaba buscando un nuevo adhesivo potente, pero sólo
consiguió uno que pegaba poco, y no le dio ningún uso. En 1974 Art Fry se encontraba en la iglesia e
intentaba leer algunos salmos, marcados en su libro. Imposible. Continuamente los papelillos marcadores
caían al suelo. De repente, en su mente gritó: ¡eureka! “Quizá pueda pegar los separadores a las páginas
con el pegamento que ha inventado Spence Silver”, concluyó. Al día siguiente, Fry hizo un primer intento
infructuoso. Pero insistió y un buen día le entregó un libro a su jefe, en el que había introducido uno de sus
separadores. Cuando se lo devolvió, el superior le había escrito algo encima de aquella primera nota Post-it.
“Me percaté de que era una nueva forma de organizar la información, de traspasarse mensajes, y comencé a
luchar para que mi empresa, 3M, la comercializara”. No lo tuvo fácil. Sí le adjudicaron un equipo para que le
ayudara a perfeccionar los Post-it, pero los directivos no veían el negocio. “Es un capricho que saldrá caro.
Nadie lo comprará”, auguraban. Sin embargo, Art Fry veía que sus colegas se los reclamaban con más
frecuencia. Finalmente, tras la adecuada campaña comercial, el éxito fue rotundo. En 1980, los Post-it ya se
usaban por todo Estados Unidos y un año después aterrizaban en Europa. En el 2010 son imprecindibles
en todas las oficinas.